Nunca imaginamos que en Marruecos pudiera llover hasta tal punto que los ríos se desbordasen. Así que esperamos en Chauen a que amainaran las lluvias torrenciales de los últimos días. Por fin el clima nos brindó un día despejado y pleno de sol, aunque bien frío, como corresponde al mes de noviembre.
Convenimos reemprender, sin demora, nuestro camino para llegar a Mhamid, mil doscientos kilómetros al sur. Elegimos la ruta más larga, pero también la más hermosa: bajar a Fez, dirigirnos al desierto por Erfoud, bordear el Atlas hasta Ouarzazate y, desde allí, conducir hasta Mhamid por una sinuosa carretera con sus correspondientes precipicios, pueblos de adobe mimetizados con el paisaje, kasbas y los espléndidos oasis del Valle del Draä. Todo un lujo para disfrutar. Seis días más tarde se celebraba el gran mercado del desierto y no queríamos perder esta oportunidad por nada del mundo.
Ya en Fez, dedicamos la mañana a recorrer la Medina, que conocíamos de
